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  • Cerrado

    Boca de Pez Boca de Pez
    6

    Si quieres pasar el rato y no enterarte de nada

    Pues eso, si uno esta aburrido y quiere pasar el rato: Entrar en bandaancha en el foro de Euskaltel, pasarás el rato sin aprender nada positivo, todo pitorreo, que si Ardanza que si tximeleta, que si migralaris, que si los vascos, que si ostias, todo el dia de menosprecio hacia Euskaltel y si de paso toco al de tema vasco mejor.

    Para mi, ojo para mi, esta es una pagina antivasca.

    Es mi opinión, yo no veo otro foro donde se desprestigie tanto a un operador, no lo veo ni en Voda, ni en Movi, ni en Oran, que va este es especial, es por politica.

    Mira que llevo tiempo leyendo este foro, en fin una pasada, entra gente que ni es, ni a sido, ni será de Euskaltel, pero entran se pitorrean, menosprecian, y se divierten.

    Luego me decis que me registre, ni dopado.

    saludos.

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    • Cerrado

      [Editado]

      Eres un payasete tio. Yo critico a Euskaltel porque es una…

      Eres un payasete tio. Yo critico a Euskaltel porque es una autentica basura de empresa anticuada y no porque sea vasca.

      Deberian banearte la IP, que nos tienes hasta los huevos ya.

      Y ya sabes, si aqui pierdes el tiempo, TE VAS TOMAR POR CULO, y nos dejas en paz.

    • Cerrado

      [Editado]

      Para que veas, Iban Mayo opina lo mismo que nosotros: "NO…

      Para que veas, Iban Mayo opina lo mismo que nosotros:

      "NO VESTIRÉ DE NARANJA, PERO SIGO SIENDO VASCO"

      Entrevista a Iban Mayo, Ciclista del Saunier Duval-Prodir

      "Defenderé al Saunier Duval, pero siempre tendré en el corazón al Euskaltel Euskadi”

      El no ser de Euskaltel, no compartir la filosofia de Euskaltel o criticar a Euskaltel no significa dejar de ser vasco; bocatrucha

    • Cerrado

      Empieza aprendiéndote esto: Absolutizar: Afirmar algo como…

      Empieza aprendiéndote esto:

      Absolutizar: Afirmar algo como verdadero excluyendo otra forma cualquiera de afirmación.

      Accidentes: Son los que no pueden ser concebidos más que como perteneciente a otro, la sustancia (o u s i a ) es éste otro que no es pertenencia de ninguno.

      Acontecimiento: Al vincular definitivamente el tiempo al universo, la relatividad ha prolongado el esfuerzo del pensamiento moderno al descubrir la importancia del factor temporal como inteligibilidad del mundo. En la relatividad, la noción de acontecimiento adopta todo su sentido. No es ya algo accidental, sino la expresión de una estructura de la realidad. Por todos esos rasgos, la relatividad constituye un ejemplo típico de la superación de una visión mecanicista y positivista del mundo y con ello muestra la verdadera naturaleza del conocimiento humano, obra de la razón que aprehende la realidad en sus más íntimas leyes, porque lejos de significar relativismo y escepticismo, la relatividad nos da a conocer las verdaderas invariantes de la naturaleza.

      Durante mucho tiempo, el mundo no científico rechazó esta síntesis en la que veía una elegante y original visión del espíritu, acerca de la que se podía muy amablemente discutir. La explosión de la primera bomba atómica, en 1945, reveló trágicamente que Einstein, al que muchos consideraban como un visionario, había sabido penetrar las leyes más profundas de la materia. Por todo ello, la relatividad, sobre todo la restringida, se ha convertido en uno de los elementos esenciales de nuestra visión actual del mundo.

      Actuar: "Agere sequitur esse" (El hacer sigue al ser) (Tomás de Aquino).

      ADN: A partir de 1941 se sabía que cada gen controla la formación de una enzima, como demostró G.W. Beadle (n.1903) y E.L. Tatum (n.1909). En 1955 S. Ochoa logró sintetizar ARN in vitro y en 1956 A. Kornberg obtuvo (también in vitro) ADN. En 1961 F. Jacob y J. Monod demostraron la existencia de un ARN mensajero, es decir, una macromolécula de ARN que se sintetiza según el modelo de ADN (proceso de transcripción) y se engancha a los ribosomas, partículas subcelulares del citoplasma donde tiene lugar la síntesis proteica. En los años 60 M.W. Nirenberg y J.N. Matthei (incubando con extractos de Escherichia coli moléculas de ARN sintético constituidas por una sola base, uracilo) lograron formar un polipéptido constituido por una secuencia de un solo aminoácido, polifenilalanina. El triplete uracilo-uracilo-uracilo designaba así al aminoácido fenilalanina, y este descubrimiento permitió descifrar la clave del código genético, igual que la piedra Rosetta permitió descifrar los jeroglíficos egipcios. Todo el código fue puesto en claro por Nirenberg, Crick, Khorana y otros, que identificaron el significado de los 64 tripletes que constituían el código mismo. La síntesis de la cadena polipeptídica que concreta en la secuencia proteica la información procedente del ADN tiene lugar en el proceso llamado "traducción", cuya secuencia de todo el proceso de biosíntesis proteica puede representarse así:

      ADN
      ¾¾¾¾®
      ARN
      ¾¾¾¾®
      Proteínas

      transcripción

      traducción

      El descubrimiento del código genético ha permitido interpretar de modo mecanicista fenómenos como la reproducción, la herencia, las variaciones las mutaciones. Dicho código es universal y por lo tanto representa un lenguaje común a todos los organismos, desde los virus hasta las bacterias, las plantas y los animales.

      Alienación: En oposición al marxismo, el cristianismo sostiene que la razón profunda de la alienación no es simplemente el desorden económico sino la división interna del hombre que alcanza niveles profundos de alienación no sólo en el ámbito profano sino incluyendo el dolor, la enfermedad y la manifestación suprema de la alienación (la muerte). Por tanto, un proyecto alternativo a la alienación del hombre y la sociedad debe ofrecer a su vez una solución total a dicha problemática y esto no es sólo exigido por la globalidad misma de los problemas sino por el alcance duradero y profundo de las alternativas. Si tal es la cuestión, el mismo marxismo no está en capacidad de dar una respuesta satisfactoria al mal radical del hombre: la muerte. Ante ella sucumbe todo: la esperanza, el amor, y la misma praxis que se ve abocada en último término a la aniquilación y a la nada.

      Alma: Voltaire afirma: "después que tantos razonamientos hicieron la novela del alma, vino un sabio que hizo modestamente su historia; Locke desenvolvió en el hombre la razón humana, lo mismo que un excelente anatomista explica los resortes del cuerpo humano". Entonces se realiza la palabra profética de Le Bovier de Fontenelle, de que "la verdadera física se eleva hasta convertirse en una especie de teología".

      Alteridad: El ser otro, el situarse o constituirse como otro. En la filosofía de la liberación es el ámbito más allá del sistema y de la totalidad del ser.

      Ambigüedad: Situación o connotación que implica varios sentidos, designados o alternativos.

      Anacronismo: Desusado, fuera del tiempo actual

      Análogo: Es análogo cuando se aplica a los términos comunes en sentido no entera y perfectamente idéntico o, mejor aún, en sentido distinto, pero semejante desde un punto de vista determinado o desde una determinada y cierta proposición (como "despierto" aplicado a un ser que no duerme y a un ser que tiene una inteligencia viva).

      La analogía es extrínseca (como lo muestra el ejemplo "sano") o intrínseca (como lo muestra el ejemplo de "ser", que conviene a todos los entes increados y creados, sustanciales o accidentales). En este último sentido la analogía es llamada metafísica.

      Es el concepto de sano el que se refiere a realidades muy distintas, aunque todas con relación a una realidad en que tal concepto se verifica de modo propio o pleno; de esta forma, cualquier realidad puede existir como sustancia y cualquier otra como accidente, como materia o como forma, como acto o como potencia.

      Año-luz: La mayor distancia alcanzada por los radiotelescopios gigantes actuales es del orden de 5 mil millones de años-luz, considerando que el año-luz tiene, a su vez, 9,461 mil millones de km.

      A posteriori: Después de la experiencia.

      A priori: Antes de la experiencia.

      Apropiarse: La manera típicamente humana de apropiarse de la naturaleza para dominarla, ha sido siempre la de comprenderla, de explicársela para penetrar sus secretos; el ser dirigirá esencialmente al modo de explicación (animista y verbal, primero; racional después); la antropología cultural moderna ha renunciado a la idea de que el hombre primitivo habría tenido otra lógica y otra mentalidad distinta de la del hombre moderno, mostrando con ello la permanencia de este comportamiento humano, ante la naturaleza. Con mucha razón L. Lévy-Bruhl afirma: "Desde la perspectiva estrictamente lógica, no hay ninguna diferencia entre la mentalidad primitiva y la nuestra" (Les carnets de L. Lévy-Bruhl, en Revue philosophique, 1947).

      Arabes: Los árabes conquistados al pensamiento de Aristóteles por los medios intelectuales de Siria, fueron su vehículo en occidente, pero no sin haberle hecho sufrir grandes retoques (destinados a hacerle encajar con las tendencias neoplatónicas presentes en su cultura desde hacía mucho tiempo, y con el Corán). Esta interpretación árabe de Aristóteles adoptó dos formas distintas, que llegaron a occidente en dos oleadas sucesivas; la primera, de origen oriental (siglo XI-XIII) estaba representada principalmente por Avicena, cuyo papel fue esencial en esa transmisión; la segunda, de origen español, se vincula al gran nombre de Averroes (2a. mitad del siglo XII); se le llamaba el "comentador" por excelencia, y su tendencia panteísta no podía menos que comprometer gravemente la fama de Aristóteles, tal como lo representaba, y suscitar fuertes oposiciones. Tal introducción del aristotelismo representaba un peligro real, una profunda ambigüedad, agravados además por el éxito y la fascinación que ejercía sobre los espíritus por su amplitud.

      Luego Tomás de Aquino se esforzó en encontrar al verdadero Aristóteles, para purificarlo y completarlo si era necesario con la investigación personal. El resultado fue una obra inmensa que asombra aún por su amplitud, aunque insuficientemente conocida, algo eclipsada por la de su brillante discípulo; su principal mérito está en haber distinguido claramente la filosofía de la teología, valorando los derechos de la razón, y en haber realizado una amplia toma de contacto con la naturaleza, estudiada en sí misma.

      Aristóteles: (384-322 a.C.) Es bueno recordar la amplitud de su empresa: Quiso reunir todos los conocimientos científicos de su tiempo. Además de la Biología, a la que se aplicó con predilección (hizo el inventario de la anatomía, la fisiología y la ecología animales conocidas entonces), trató de casi todas las ciencias físicas (astronomía, física, química, mecánica, meteorología...); hizo un estudio profundo del hombre, tanto desde la perspectiva sicológica como de la social y política (así, reunió en una compilación 158 constituciones políticas como base documental de su Política); y todo ello prosiguiendo una obra aún más importante de filósofo, de teólogo (en sentido natural) y de moralista: por ella pasó todo, desde la naturaleza metafísica de Dios hasta el régimen de los vientos o el comportamiento del más simple molusco. Por todos estos títulos, afirma J. Chevalier, "no es excesivo decir que llevó el pensamiento humano a su más alto punto de desarrollo" (Histoire de la pensée, 1955).

      El mismo Aristóteles, a la vez filósofo y hombre de ciencia, ha desarrollado paralelamente y en el interior mismo de su visión filosófica del mundo, una explicación científica (teorías de los cuatro elementos y de los "mínimos" con que ha querido conservar lo mejor del atomismo). El carácter caduco de estas explicaciones científicas de Aristóteles no puede, por tanto, afectar el valor filosófico de su doctrina hilemórfica.

      R. Lenoble sostiene que "es patente, pues, la injusticia que se comete con el estagirita cuando se repite que él volvió deliberadamente la espalda a la experiencia. Los aristotélicos siempre han sostenido, contra los mitólogos e incluso platónicos,... que sus principios se fundaban en la experiencia, y de hecho, no querían otra regla que ésa. Bien es verdad que introdujeron en sus construcciones un cierto número de ideas a priori, pero sabemos que, sin a priori, ninguna ciencia puede ni siquiera empezar. Su ciencia se vio un día rebasada, no porque ellos se hubiesen negado deliberadamente a la razón y a la experiencia, sino porque la descripción que ellos nos dan de la razón es precisamente la que podían inventar unos hombres de buen sentido en función de esa experiencia, cuando esa experiencia permanecía ligada a una técnica y a un instrumental de la mente todavía en sus comienzos. No es posible sentar un juicio sobre la ciencia de este tiempo, si siquiera comprenderla, sin situarla en el conjunto de las condiciones humanas y de las preocupaciones que entonces se imponían. La historia recupera ahí todos sus derechos" (Origine de la pensé moderne, Histoire de la science, 1957).

      P. Brunet, actual historiador de la ciencia, hace una apreciación del método aristotélico anotando: "Por la preponderancia que concede a la investigación de los conocimientos, es decir, de los fenómenos que acompañan al hecho estudiado, y que, aprehensibles por los sentidos, forman la base del conocimiento científico, el estagirita llega a reconocerle a la observación metódica el papel primordial en las ciencias de la naturaleza" (La science dans l'Antiquité et le Moyen Áge, en Histoire de la Science, 1957)

      Aristotelismo: Uno de los grandes méritos del aristotelismo consiste en enseñarnos la sumisión a la realidad.

      Aristóteles, enfrentado a una enorme documentación científica, no pudo hallar el método plenamente adecuado para expresarla; a pesar de sus inmensos méritos, no ha estado siempre a la altura de la tarea; influido por la juventud de la obra, poco crítico, con frecuencia le faltó unidad, ha mezclado los campos (a la vez filosófico y científico), traicionando así la preocupación profunda de su autor, pues quiso reunir todos los conocimientos científicos de su tiempo. Preocupado por descubrir lo que son las cosas, creyó conseguirlo por la simple observación y una experimentación titubeante y partiendo de definiciones dadas por el sentido común. "La fuente principal de estos errores... , afirma L. Bourgey, consistió, a nuestro modo de ver, en la forma apresurada, enciclopedista, con que Aristóteles, que no quería suprimir nada, llevaba a cabo sus encuestas. Resultó de ello un saber inmenso, pero a algunos elementos del mismo les faltaba seguridad... Para llegar a la verdad hubiera sido necesario multiplicar las observaciones, rectificándolas en cierta manera las unas por las otras; el filósofo impaciente por alcanzar el fin no lo hizo" (Observation et expérience chez Aristote, 1955). De todos modos estas deficiencias no ponen en cuestión la doctrina filosófica misma.

      A pesar de que los árabes nos dieron un conocimiento parcializado de Aristóteles, debemos reconocer que si Aristóteles se encuentra materialmente completo en santo Tomás, es después de haber sido repensado en profundidad, en función de un nuevo contexto, incluido en una vasta síntesis teológica, cuyos principales argumentos fueron proporcionados por Agustín de Hipona (que a su vez había asimilado lo mejor de Platón). En este esfuerzo de integración es donde mejor se revela el genio de santo Tomás. Tal integración se proponía, más que interpretar las fuentes utilizadas en su propia estructura histórica, unificarlas en una síntesis original que les confiere una vida nueva.

      Tomás de Aquino sustituye el mundo de Aristóteles cerrado sobre sí mismo, sin verdadera historia, permaneciendo siempre idéntico a sí mismo, en un movimiento cíclico, y constituido por el acoplamiento eterno de la naturaleza y de la divinidad, por un universo radicalmente dependiente de Dios, su obra siempre nueva, surgiendo del poder divino para realizar un proyecto divino. Este universo está, de hecho, englobado en una historia, un destino, orientado hacia un término escatológico desde y por la encarnación de Cristo en la humanidad, llamada a desempeñar una función de la mayor importancia en esta historia. Esta concepción axiológica puede acoger (en forma muy distinta de la de Aristóteles) el gran descubrimiento de la historia y de la evolución del universo. De hecho, semejante mutación implicaba una manera nueva de comprender el universo y al hombre.

      Pero, la comprensión no siguió su ruta; por lo que es indispensable distinguir en el aristotelismo que:

      1) Los sucesores de santo Tomás no hicieron otra cosa sino continuar en la misma perspectiva teológica, sin interesarse por la obra científica de Aristóteles y por la corrección de la misma que se hacía necesaria a causa de los nuevos descubrimientos; en vez de incitar a un esfuerzo de renovación, cosa que hubiera estado en la verdadera línea del aristotelismo, la admiración por la gigantesca obra del estagirita desembocó (en filosofía natural) a una esterilidad y a un fijismo doctrinal lamentables, y que acabarían comprometiendo gravemente su reputación; la apelación a su autoridad erigida en absoluto (Aristóteles lo habría resuelto todo) parecía dispensar a sus discípulos del final de la edad media de todo esfuerzo hacia un progreso cualquiera, cosa que, en el fondo, constituía la negación misma de la enseñanza del maestro que pretendían seguir. "Se le reprochó (a Aristóteles) haber detenido así, afirma A. Mansion, durante más de mil años, el vuelo del pensamiento científico. Pero este último reproche alcanza más bien a sus discípulos, quienes, faltos de iniciativa, en vez de continuar y perfeccionar su obra, se contentaron, en muchos puntos, con comentarla" (Introduction à la physique aristotèlicienne, 1945)

      Se trata en este caso de un fenómeno, a propósito de la suerte del aristotelismo de la antigüedad, más inclinado a admirar el carácter enciclopédico de la obra de Aristóteles que a prolongarlo (los sucesores de Aristóteles, a pesar de sus méritos científicos, fueron en general muy inferiores a su maestro); asimismo, la amplitud de la síntesis teológica de santo Tomás suscitó más la admiración, a causa de la grandiosa unidad que atribuía al saber religioso, que un esfuerzo por conocer mejor el universo y transformarlo para dominarlo; no había llegado aún el momento propicio para ello; la edad media tenía que afirmar, primeramente, su pasión de unidad religiosa y política contra las fuerzas disertadoras que durante tan largo tiempo habían dominado el occidente desde la ruina de la unidad romana antigua. Habrá que esperar los tiempos modernos para que se empiece a vislumbrar una tendencia hacia este doble fin, profundamente marcado, no obstante, por el aristotelismo cristiano: prolongar el método científico de Aristóteles y extender el dominio y la regencia del hombre sobre el mundo; la desgracia consistirá en que, para dar este paso, se repudiará a la vez lo más válido del pensamiento de Aristóteles (indistintamente confundido con representación anticuada del mundo y conservada tal cual por los comentadores rutinarios) y el sentido religioso dado por santo Tomás a este universo. La veneración hacia los maestros era tal que los discípulos no tuvieron la lucidez y la audacia para realizar las adaptaciones necesarias en un mundo en total renovación, y llegaron a una especie de petrificación de una doctrina, cuyo profundo realismo hubiera debido ser una invitación a integrar los nuevos campos conquistados por el hombre.

      2) Sin embargo, no hay que atribuir al tomismo de aquellos tiempos la responsabilidad de esta petrificación del aristotelismo; porque no hay que olvidar que el éxito del pensamiento y de la síntesis de santo Tomás no fue tan rápido y general como con frecuencia se cree. De hecho, excepto entre dominicos (y no de manera absoluta) el tomismo no tuvo la audiencia de que goza en nuestros días en la Iglesia; "esta influencia es indiscutible, afirma E. Gilson, sobre todo en ciertos ambientes, pero no fue tan general como nos lo invita a creer el lugar que ocupa hoy en la historia de la filosofía... En el siglo XIV, si hubo quien se adhirió al tomismo, nadie continuó verdaderamente la obra del maestro" (La philosophie au moyen Age, 1947). No hay que olvidar que hasta la segunda mitad del siglo XVI la Suma Teológica no suplantó en la enseñanza las Sentencias de Pedro Lombardo. Desde el siglo XVI tuvo que competir con otro poderoso sistema doctrinal, que también se apoyaba en Aristóteles y en los árabes, el de Duns Escoto; y estos dos sistemas se vieron muy pronto suplantados, en numerosos ambientes, por el nominalismo, (los conceptos no designan la realidad, lo que las cosas son, sino que sólo son puros nombres sin referencia ontológica), de Guillermo de Occam, el cual, reaccionando contra Aristóteles, orientó el pensamiento hacia una dirección totalmente distinta, y preparó el camino al conocimiento experimental de los tiempos modernos; hay que añadir también la permanencia de un averroísmo filosófico y político. De este modo se comprende que el final de la edad media estuviera caracterizado sobre todo por una abundancia ideológica en la que las doctrinas más diversas se oponían a un inmenso verbalismo estéril, y se agotaban en disputas escolares interminables. En esta forma decadente conocería el siglo XVIII a la escolástica, y la ridiculizaría (la "virtud dormitiva" del opio, de Juan Bautista Molière '1622-1673'), olvidando que la gran escolástica del siglo XIII había sido algo muy distinto.

      3) El renacimiento del siglo XVI apenas mejoró la situación: su entusiasmo por las obras de la antigüedad habría podido desembocar en un más auténtico retorno a Aristóteles; prácticamente no fue éste el caso; ante una renovación del platonismo, hubo ciertamente en Italia toda una corriente aristotélica; pero con un espíritu liberal que quería romper los marcos de la escolástica (en la ignorancia de la del siglo XIII), cayó de nuevo en las peores elucubraciones de los comentadores árabes, mezclando con ellas consideraciones estoicas y sobre todo un inverosímil arsenal de supersticiones (un ejemplo de este aristotelismo nos lo proporciona Pedro Pomponazzi '1462-1525'). De hecho, el renacimiento, que la estampería popular representa a menudo como una época de las luces, como el advenimiento del racionalismo, no parece haber brillado en absoluto por su lucidez y espíritu crítico en cuanto a filosofía natural; rechazo el aristotelismo escolástico para caer en una especie de culto mágico de la naturaleza; "la ruptura con Aristóteles, afirma R. Lenoble, libró a la naturaleza de las pocas reglas que permitían, por insuficientes que fuesen, darle un sentido; no se encontró otro mejor y desde este momento la naturaleza se convierte otra vez en la magia universal de la imaginación popular. Si la ciencia aristotélica está en esta época de acuerdo con el estado del espíritu de los políticos y de los teólogos dispuestos a imponerse una disciplina, la de la escuela naturalista empalma maravillosamente con los espíritus aventureros y con la masa... A juzgar por la opinión general, esta ciencia ha dado la preciada satisfacción de una consagración racional" (Histoire de la science, 1957). Esta pretensión de la ciencia "natural" iba acompañada, además, por un dogmatismo ciego, que no tenía nada que envidiar a la de sus adversarios teólogos católicos, especialmente protestantes. Pues "el enorme florecimiento de la superstición en esa época, sostiene R. Lenoble, primeramente en Italia y luego en Francia,... no es, sino una consecuencia lógica del éxito de los primeros innovadores". Y J. Chevalier añade: "¿Acaso no se decía del paduano Cremonini, como de Melanchton, compilador de Aristóteles al servicio de la Reforma protestante, que se habían negado a mirar el cielo por el telescopio, por miedo, decía Galileo, de alterar en algo el cielo de Aristóteles?" (Historia del pensamiento, 1963).

      Por esto, cuando la ciencia moderna empezó a tomar vuelo, no tenía ante ella más que lamentables caricaturas del aristotelismo (el de la escolástica decadente, y el del renacimiento antiescolástico), cuya molesta autoridad tenía que destruir. Lo triste fue que lo hizo creyendo que se trataba del verdadero Aristóteles y su nombre se convirtió durante mucho tiempo en sinónimo del mayor obstáculo que había que destruir, obstáculo contra el cual se cristalizó el esfuerzo de renovación. El aristotelismo entonces se convirtió verdaderamente en la ciudadela intelectual que había que destruir. El asedio se prolongó durante los siglos XVII y XVIII, en varios asaltos dirigidos contra diversos baluartes destinados a derrumbarse los unos después de los otros.

      Pero es importante señalar, que la escolástica conoció en esa época un renacimiento verdadero y fecundo: la famosa escolástica española (llamada la segunda escolástica) del siglo XVI, cuyos principales representantes fueron, y, fuera de España, el cardenal Belarmino y Lessius. Uno de sus principales méritos es haber aplicado la doctrina escolástica medieval a los nuevos problemas humanos, y en particular haber creado una moral internacional y el derecho de gentes (sobre todo, Vitoria y Suárez). Finalmente, debe anotarse que uno de sus representantes, Soto, hizo una hermosa obra de cosmólogo y de pionero científico: más de medio siglo antes de Galileo, enunció la ley de la proporcionalidad de la velocidad con la duración de la caída de los cuerpos (los trabajos de P. Duhem y de A. Maier la han sacado del olvido).

      Armonía: La armonía no se establece por sí misma, sin luchas, sin antagonismos y sin conflictos entre las razas, las naciones y las clases, así como entre las especies naturales y los individuos. De lo cual los economistas no tardaron en darse cuenta, ya que se manifestó a los ojos de todos, cuando, en 1789, algunos años después de la caída de Turgot, estalló la Revolución, a la que conducía toda la evolución económica, financiera, política, intelectual y social del siglo.

      Astronomía: Ciencia que estudia las posiciones de los astros, las leyes que rigen sus movimientos y su constitución física, y también los instrumentos y métodos que se emplean para su estudio. Comprende la astronomía de posición, mecánica celeste, astrofísica o astronomía física, astroquímica, radioastronomía y astroquímica práctica. En Grecia se intentó, por primera vez, una explicación científica del Universo. La astronomía de los primeros griegos se desenvolvió dentro de las escuelas filosóficas, cuyos representantes, Filolao de Crota, Eudoxio y Aristóteles, elaboraron distintos sistemas para explicar el movimiento de los astros. En la escuela de Alejandría se reveló el genio griego a través de Aristarco de Samos, precursor de Copérnico; de Hiparco, creador de la astronomía matemática y descubridor de la precesión de los equinoccios, y de Ptolomeo con su sistema geocéntrico, que subsistió durante catorce siglos.

      En el siglo XVI se produjo el gran adelanto con la teoría de Nicolás Copérnico (1473-1543) expuesta en De revolutionibus, que fue objetada por los defensores del inmovilismo de la Tierra. Tycho Brahe (1546-1601) elaboró un nuevo sistema geométrico, en que los planetas giran en torno al Sol, mientras éste gira en torna a la Tierra. Juan Kepler (1571-1630) en 1627 resume la armonía de los mundos en las tres leyes: 1ra. Cada planeta describe una elipse, uno de cuyos focos ocupa el Sol. 2da. El radio vector de cada planeta recorre áreas iguales en tiempos iguales. 3ra. Los cuadrados de los tiempos de las revoluciones de dos planetas, son proporcionales a los cubos de sus distancias medias al Sol. Los aportes de Galileo, de Newton y de otros acentúan el desarrollo.

      En el siglo XIX se abre una nueva época en la investigación astronómica. Se descubre el primer asteroide, cuya órbita calculó Karl Friedrich Gaus (1777-1855) por medio de su método de los mínimos cuadrados; Friedrich determinó la primera paralela estelar.

      La astronomía se abrió al sentido de la historia ampliada entonces a la dimensión del universo, descubriendo, por ejemplo, que el estudio de las estrellas no podía concebirse sino por la determinación de su edad, de su grado de evolución (reparto de las estrellas según el diagrama de Hertzsprung-Russel, por ser sus autores el alemán Ejnar Hertzsprung y el norteamericano Enrique Norris Russell '1877-1957').

      Atómica (Bomba): Robert Oppenheimer (1904-1967) es el padre de la bomba atómica.

      Atómica (Teoría): El positivismo no cesó, durante todo el siglo XIX, de combatir la teoría atómica con un encarecimiento que debía perderle. En esa lucha coincidía con los energetistas (Ostwald, Duhem), a la manera de hermanos enemigos que se reconcilian ante un peligro común. La teoría atómica pretendía no ser una simple hipótesis sin implicación sobre la realidad; se negaba a entrar en las normas fijadas por el positivismo; quería ir más allá de los simples hechos y ver en los átomos algo real, aunque sólo fueran conocidos por razonamiento. Se demostró que los átomos deducidos racionalmente por la teoría existían de hecho, pues su energía, su velocidad (en los gases) y sus dimensiones eran mensurables. Fue un mérito indiscutible de Jean Perrin (1870-1942, premio Nobel de Física 1926) haber podido alcanzar este resultado en 1908 consiguiendo determinar el número de Avogadro a partir de bases experimentales. El volumen de los gases compuestos está en relación simple con el volumen de los gases componentes. El estudio de los gases desemboca en la hipótesis de Avogadro: En un mismo volumen y a la misma presión, las moléculas de todos los gases son en igual número; el número de moléculas contenido en 22,4 1 de un gas a 0 grados y a la presión de 76 cm constituye el famoso número de Avogadro (=6.023 * 1023); el establecimiento de este número fue una de las primeras pruebas de la teoría atómica.

      J. Ullmo nos dice: "La prueba suprema, el test - si se quiere emplea este término expresivo - de todas estas teorías estrictamente positivas que culminaron, a finales del siglo XIX, en las diversas formas de energética, fue la discusión sobre la teoría atómica y el triunfo de la misma. Ostwald, Duhem, Mach fueron antiatomistas por no querer admitir "objetos" reales en la construcción científica; lo fueron con encarnizamiento y pasión. El advenimiento del objeto científico "átomo", su fecundidad ilimitada, sellaron la suerte del positivismo estricto" (La pensée scientifique moderne, 1958).

      Atomismo: Demócrito fue el fundador del atomismo, sistema que tuvo un destino extraordinario en los tiempos modernos. Partiendo de la idea del ser, uno e inmutable de Parménides, quiso salvaguardar, al mismo tiempo, la realidad del cambio y la multiplicidad revelada por la experiencia; para ello desmembró y multiplicó el ser hasta el infinito, en partes de ser, los átomos, y de átomos homogéneos entre sí. En semejante perspectiva unitaria, no habría más que una salida posible; la diversidad sólo podía provenir del único dato susceptible de variar en este sistema, es decir, el conjunto de las características cuantitativas y mecánicas de los átomos, en sus relaciones mutuas (tamaño, forma, posición, movimiento). Se solucionaba al nivel de las diferencias cuantitativas; de aquí el calificativo de mecanicista. La idea era sencilla y elegante; y si Aristóteles la rechazó, fue porque semejante conciliación, a pesar de su grandeza, le pareció demasiado simple, por no considerar toda la realidad experimental que había de explicar.

      Ciertamente la experiencia y el análisis racional parecían conciliados; se conservaba la inteligencia del ser, a través de los cambios y de la multiplicidad, pero ¿a qué precio? Se limitaba al orden puramente cuantitativo y matemático.

      El atomismo, como corriente de pensamiento matematicista de la ciencia moderna, toca la realidad física mucho más cerca que el mecanicismo y el dinamismo. Aunque el atomismo tiene dos milenios y medio de existencia, ha revestido formas radicalmente distintas, que no hay que confundir. Durante mucho tiempo fue una pura doctrina filosófica a priori. Sólo desde hace un siglo y medio ha pasado a la categoría de teoría científica y desde hace algunas décadas a la categoría de una comprobación experimental. El atomismo de la ciencia moderna no tiene nada que ver con el de los filósofos, y no se debe extender el prestigio de la ciencia atómica moderna a la filosofía antigua.

      Aristóteles lo rechazó porque la naturaleza de estos átomos, concebida según la idea de Parménides, no podía explicar la variedad de la realidad. En el fondo, era ya el germen del mecanicismo filosófico: explicar la extraordinaria complejidad de los seres con la sola ayuda de los datos geométricos, no puede proporcionar una completa inteligibilidad.

      Cosa curiosa, de todo el edificio aristotélico, la doctrina de los cuatro elementos es la que tuvo más larga vida en la historia de la ciencia. La teoría de los cuatro elementos tuvo un solo opositor serio: la teoría de los tres elementos (azufre, mercurio, sal) de Paracelso, alquimista del siglo XVI. Durante largo tiempo, la química fue una ciencia cualitativa (sobrevivencia de los criterios químicos: incoloro, inodoro e insípido). Pero después de una mezcolanza de doctrinas secundarias, a principios del siglo XVIII apareció una nueva teoría, que creía haber hallado el agente universal explicativo de las reacciones químicas, la teoría del "flogisto" de Jorge E. Stahl (1660-1734) que tuvo éxito considerable durante casi todo el siglo.

      Según esta teoría, todos los cuerpos combustibles encierran el mismo principio: el flogisto o el fuego químico, que pierden al consumirse (oxidándose); el carbón era así flogístico en estado puro; aunque primitivamente creada para explicar la transformación de los metales en cales (u óxidos), la teoría quería explicar también la mayor parte de las demás transformaciones; el hecho de que no podía dar cuenta del aumento de peso del cuerpo oxidado (siendo así que tendría que haber perdido peso en virtud de la liberación de flogisto) no parece haber sido apreciado en su justo valor por Stahl, quien ignoraba la existencia de los gases que suponía, en consecuencia, que su flogisto era imponderable.

      A finales del siglo XVIII la química se orienta hacia el camino del porvenir, con la introducción de la medida cuantitativa, es decir, la apreciación precisa de los pesos de los cuerpos que entran en reacción. Lavoisier (1743-1794) permanece unido a este progreso decisivo; se establecieron las principales leyes de peso que originaron el nacimiento de la teoría atómica, la ley de Lavoisier: "el peso total de los cuerpos en reacción no varía en la reacción"; la ley de las proporciones definidas (ley de José Luis Proust '1754-1826', 1801): "cuando varios cuerpos se unen para formar un nuevo cuerpo llamado compuesto, la combinación sólo es posible según relaciones ponderables invariables".

      El químico inglés Dalton (1766-1844) halló la tercera ley, la de las proporciones múltiples: "cuando dos elementos dan varios compuestos, la cantidad ponderal de un elemento sólo puede unirse a múltiples enteros de la cantidad ponderal del otro elemento". Así, a 2 g de hidrógeno pueden unirse 16 g de oxígeno para dar 18 g de agua; a esos mismos 2 g de hidrógeno no pueden unirse más que 2 veces 16 g de oxígeno (=34 g de agua oxigenada); 28 g de nitrógeno pueden unirse solamente a 1, 2, 3, 4,o 5 veces 16 g de oxígeno para dar compuestos diversos (44 g de protóxido de nitrógeno, 60 g de bióxido de nitrógeno, 76 g de anhídrido nitrogenoso, 92 g de peróxido de nitrógeno y 108 g de anhídrido nítrico).

      Todas estas leyes no pueden tener más que una sola interpretación: ya que las combinaciones sólo se hacen por saltos bruscos y de valor bien delimitado ponderalmente, hay que suponer necesariamente que los elementos que entran en reacción no son divisibles hasta el infinito (es decir, son algo continuo), sino que están formados de partículas indivisibles.

      El estudio de los gases de los que José Luis Gay-Lussac (1778-1850) formuló en 1808 la ley de las relaciones volumétricas, contribuyó a precisar la teoría distinguiendo átomo y molécula. Finalmente, la mejor expresión de la teoría fue la tabla periódica de los elementos químicos (1869) de Demetrio Ivanovich Mendeleiev (1834-1907) que puso de manifiesto el vínculo entre la regularidad de las propiedades químicas y las estructuras de los átomos.

      El atomismo convertido en teoría atómica, continuó evidentemente recurriendo a los recursos del mecanicismo y del dinamicismo, a los que estaba vinculado históricamente; pero, una vez franqueado este período intermedio (que duró casi un siglo), en el momento en que la ciencia pudo descubrir las propiedades profundas del átomo (y no ya sólo las químicas; descubrimiento de la radioactividad) y demostrar su existencia, se libro de sus dos padrinazgos ya caducos.

      Átomos: Lo que llamamos átomos o partículas elementales corresponde a realidades observadas experimentalmente; no son puras creaciones del espíritu; y sin embargo no son representables por la imaginación, y eso radicalmente (así, hablar a su respecto de color o de temperatura no tiene ningún sentido); no podremos conceder a estos entes el estatuto o las propiedades de aquellos que experimentamos en nuestra escala, pues son ellos los encargados de explicar esas propiedades; por tanto, no podemos concebirlos partiendo de las nociones de las que ellos mismos son explicación y fundamento

      Axiología: Tratado o reflexión acerca de los valores. Doctrina referente a los valores cuyo ámbito y objeto está hoy plenamente constituido frente a la metafísica.
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      Letra "B"

      Biología: Si bien se considera que Jean Baptiste Lamarck (1744-1828) y Gottfried Treviranus crearon en 1802 el término biología, cada vez se ve más en Aristóteles al verdadero fundador de la biología haciéndole plena justicia, pues según P. H. Michel, "junto al de Pitágoras y al de Hipócrates, su nombre puede figurar como el símbolo de uno de los tres grandes creadores de la ciencia helénica: las matemáticas demostrativas, la medicina, la biología... Es Aristóteles quien, en un primer trabajo de conjunto, ha creado la zoología en tanto que disciplina científica, y, cualesquiera que hayan sido sus lecturas, se puede afirmar que han sido comprobadas por observaciones personales y con un agudo sentido crítico, del cual no volveremos a hallar ningún ejemplo en la ciencia antigua. Aristóteles utiliza los métodos comparativos, razona por analogía, comprueba sus conclusiones y extiende su investigación a todas las circunstancias de la vida animal: se interesa por las costumbres de los animales, estudia la influencia de los climas sobre su modo de vida, describe sus costumbres, sus enfermedades... Además, Aristóteles se muestra indiscutiblemente superior por la comprobación personal y el espíritu crítico" (La science hellène, Histoire général des sciences, dirigida por R. Taton, P.U.F, 1957).

      "Ciertamente, afirma M. Caullery, se le puede hacer hoy muchas criticas al gran filósofo griego, pero al situar en su tiempo su obra zoológica, ésta le hace honor plenamente. Por tanto, Aristóteles no era un mal guía" (Les grandes étapes des sciences biologiques en Histoire des sciences, 1957); el gran Carlos Darwin (1809-1882) no vacila en escribir: "Linneo y Cuvier han sido mis dos dioses de muy diferentes direcciones, pero no pasan de ser unos escolares en relación al viejo Aristóteles" (Life and Letters of C. Darwin, 1905).

      La necesidad de introducir la noción de fuerza, y con ello la de finalidad (Newton), mostró que el mecanicismo no podía limitarse a un puro esquema geométrico. Esta limitación aún fue más evidente cuando se trató de aplicar este mecanicismo al puro mundo viviente, en el que el animismo parecía más justificado.

      Y luego hablamos....

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        EL QUIJOTE

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        Capítulos Primero al XXII Volver a la Página de Inicio

        Primera parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
        Capítulo primero Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha
        Capítulo II Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote
        Capítulo III Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero
        Capítulo IV De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta
        Capítulo V Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
        Capítulo VI Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo
        Capítulo VII De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha
        Capítulo VIII Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación
        Capítulo IX Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron
        Capítulo X De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses
        Capítulo XI De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros
        Capítulo XII De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote
        Capítulo XIII Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos
        Capítulo XIV Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos
        Capítulo XV Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses
        Capítulo XVI De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo
        Capítulo XVII Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo
        Capítulo XVIII Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas
        Capítulo XIX De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos
        Capítulo XX De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha
        Capítulo XXI Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero
        Capítulo XXII De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir

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        CAPíTULO PRIMERO.

        Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

        En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

        Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y un la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos,donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: [...] los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

        Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque seimaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aunsaliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no selo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de sulugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza-,sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterrao Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

        En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de maneraque vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todoaquello que leía en los libros, así de encantamentos como dependencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores,tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellassonadas soñadas invenciones que leía, que para él no habíaotra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.

        En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.

        Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

        Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y [le] cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.

        Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

        Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era á[r]bol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a [sí]:

        Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido:

        "Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante''?

        ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

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        CAPíTULO II.

        Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote

        Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y, puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras.

        Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo: "¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de mañana, desta manera?: "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel"". Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo: "Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras. " Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado: "¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece. "

        Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.

        Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía.

        Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta, se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la venta, que a él le parecía castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto, sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos -que, sin perdón, así se llaman- tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida; y así, con estraño contento, llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga, llenas de miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:

        No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

        Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le encubría; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don Quijote vino a correrse y a decirles:

        Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez además la risa que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acui-tedes ni mostredes mal talante; que el mío non es de ál que de serviros.

        El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y pasara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efeto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente; y así, le dijo:

        Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha abu[n]dancia.

        Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le pareció a él el ventero y la venta, respondió:

        Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las armas, mi descanso el pelear, etc.

        Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje; y así, le respondió:

        Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre velar; y siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche.

        Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había desayunado.

        Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodándole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales, aunque le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera, y así, se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y estraña figura que se pudiera pensar; y, al desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:

        Nunca fuera caballero
        de damas tan bien servido
        como fuera don Quijote
        cuando de su aldea vino:
        doncellas curaban dél;
        princesas, del su rocino,

        o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero, tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros.

        Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.

        Cualquiera yantaría yo -respondió don Quijote-, porque, a lo que entiendo, me haría mucho al caso.

        A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle si por ventura comería su merced truchuela, que no había otro pescado que dalle a comer.

        Como haya muchas truchuelas -respondió don Quijote-, podrán servir de una trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.

        Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el huésped una porción del mal remojado y peor cocido bacallao, y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía; y ansí, una de aquellas señoras servía deste menester. Mas, al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recebía en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.

        Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y, así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal; y las rameras, damas; y el ventero, castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballería.

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        CAPíTULO III.

        Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero

        Y así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero, y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:

        No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.

        El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía.

        No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío -respondió don Quijote-; y así, os digo que el don que os he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado.

        El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones, y, por tener qué reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo. Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que, en caso de necesidad él sabía que se podían velar dondequiera, y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el mundo.

        Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que, puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubi[e]sen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y, cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.

        Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.

        Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba. Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:

        ¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que haces y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevi[mi]ento.

        No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y, puesto el pensamiento -a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo:

        Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo.

        Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sin saberse lo que había pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegó otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y, sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga, y, puesta mano a su espada, dijo:

        ¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo.

        Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga, y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote las daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:

        Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía.

        Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometían; y, así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que primero.

        No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra desgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolencia que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna; pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más, que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, [y dijo] que él estaba allí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le mandase, a quien por su respeto dejaría.

        Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya. Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:

        Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides.

        Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada: preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.

        Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras; y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y, abrazando a su huésped, le dijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras, respondió a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir a la buen hora.

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        CAPíTULO IV.

        De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta

        La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.

        No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:

        Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.

        Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían. Y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba; y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo. Porque decía:

        La lengua queda y los ojos listos.

        Y el muchacho respondía:

        No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez; y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.

        Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

        Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza -que también tenía una lanza arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua-, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.

        El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:

        Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.

        ¿;Miente, delante de mí, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.

        El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que había hecho -y aún no había jurado nada-, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.

        Bien está todo eso -replicó don Quijote-, pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansí que, por esta parte, no os debe nada.

        El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.

        ¿Irme yo con él? -dijo el muchacho-. Mas, ¡mal año! No, señor, ni por pienso; porque, en viéndose solo, me desuelle como a un San Bartolomé.

        No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.

        Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchacho-, que este mi amo no es caballero ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.

        Importa eso poco -respondió don Quijote-, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.

        Así es verdad -dijo Andrés-; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?

        No niego, hermano Andrés -respondió el labrador-; y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.

        Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-; dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.

        Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó dellos. Siguióle el labrador con los ojos, y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y díjole:

        Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado.

        Eso juro yo -dijo Andrés-; y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva; que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!

        También lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.

        Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.

        Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador- al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades.

        Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y que se lo había de pagar con las setenas. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.

        Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:

        Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.

        En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.

        Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:

        Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

        Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura del que las decía; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:

        Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

        Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.

        Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

        No le mana, canalla infame -respondió don Quijote, encendido en cólera-; no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora.

        Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entretanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:

        ¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.

        Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él vía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.

        Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo, y no era posible levantarse, según tenía brumado todo el cuerpo.

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        CAPíTULO V.

        Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero

        Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos; y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. ésta, pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba; y así, con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del bosque:.

        ¿Donde estás, señora mía,
        que no te duele mi mal?
        O no lo sabes, señora,
        o eres falsa y desleal.

        Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que dicen:

        ¡Oh noble marqués de Mantua,
        mi tío y señor carnal!

        Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél era el marqués de Mantua, su tío; y así, no le respondió otra cosa si no fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.

        El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, que le tenía cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:

        Señor Quijana -que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿quién ha puesto a vuestra merced desta suerte?

        Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque, en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual, dijo:

        Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo.

        A esto respondió el labrador:

        Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.

        Yo sé quién soy -respondió don Quijote-; y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías.

        En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:

        ¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que así se llamaba el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de mí!, que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha.

        La sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:

        Sepa, señor maese Nicolás -que éste era el nombre del barbero-, que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales, arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la batalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.

        Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fee que no se pase el día de mañana sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.

        Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir a voces:

        Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.

        A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle. él dijo:

        Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas.

        ¡Mirá, en hora maza -dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuestra merced!

        Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.

        ¡Ta, ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que yo los queme mañana antes que llegue la noche.

        Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del modo que había hallado a don Quijote. él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho; que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote,

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        CAPíTULO VI.

        Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo

        El cual aún todavía dormía. Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento donde estaban los libros, autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, así como el ama los vio, volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:

        Tome vuestra merced, señor licenciado: rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.

        Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.

        No -dijo la sobrina-, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.

        Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer

      • Cerrado

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        Primero, no soy "esbirro". Por cierto vaya chorrada de…

        Primero, no soy "esbirro". Por cierto vaya chorrada de argumento pero bueno.

        Segundo, te dejastes la tecla "Bloq Mayus" activada jeje.

        Y tercero, antes de yo escribir en el foro, lo de "provocar, mentir y desinformar" era el pan de cada dia aqui

          • Cerrado

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            Mira nose quien eres, ni me interesa. Me as visto vender algo…

            Mira nose quien eres, ni me interesa.

            Me as visto vender algo de euskaltel o defender a euskaltel?. Solo estoy discutiendo la forma en la que se lleva este foro que pasó de ser un sitio donde se podia informarse e intercambiar opiniones a llegar al insulto y decir paridas

            • Cerrado

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              Buenas, este es un foro libre en el que cada uno opina y…

              Buenas, este es un foro libre en el que cada uno opina y aporta lo que le da la gana (dentro de un respeto y unas normas).

              Si no te gusta lo que se comenta te aguantas, das tu opinión, o abres tus propios hilos. Y en cuanto a aportar información lo mismo, abre hilos aportando información que sea interesante para todos.

              Lo que no me parece interesante es abrir un hilo que no aporta nada (ya se que no lo has abierto tu), y que solo acaba generando polémica. Y ojo, que no estoy diciendo que no se abra, que como decía antes, cada uno es libre de expresar lo que quiera.

              Saludos.

              • Cerrado

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                Tu lo as dicho Gus, "dentro de un respeto y unas normas" y…

                Tu lo as dicho Gus, "dentro de un respeto y unas normas" y hay alguna gente que se las pasa por el forro.

                Pero haber yo no digo que la gente no pueda dar su opinion, claro que la pueden dar con total libertad, lo que si no aguanto son los insultos y la falta de respeto.

              • Cerrado

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                La vez que hable fue para contestar a bilbokoa cuando dijo…

                La vez que hable fue para contestar a bilbokoa cuando dijo esto:

                "Menudo impresentable borrego RH"
                Eso es un insulto no? Pues a eso me refiero.

                Y por eso luego vino la famosa discursion que si lees yo no le insulto absulutamente nada y en cambio el se pasa todo el rato diciendo que si problema mental y otro insultos si lees mas arriva

    • Cerrado

      Bueno, solo decir que la gente no critica a Euskaltel de…

      Bueno, solo decir que la gente no critica a Euskaltel de "gratis", todos tenemos razones sólidas. Yo he sido de Euskaltel 6 años y este Noviembre me pasé a Telefónica para luego irme a Orange.
      Soy tan vasco como los demas, pero lo que no soy es tonto. Los que critican a Euskaltel no son anti-vascos, de hecho pueden ser más vascos que ninguno pero eso no siginifica que se tengan que dejar engañar.

      Bilbokoa, no dejes que te pierda la boca con los bocadepez, todos los que tenemos o hemos tenido Euskaltel sabemos que nos sobran los recursos para criticar el trabajo de Euskaltel (de hecho tu sueles explicarte muy bien) por lo que no dejes que te hierva la sangre con criticas no reales que realizan estos bocadepez y no caigas en los insultos porque lo único que pasará es que consigan su objetivo de que te baneen (cosa terrible para todos los que visitamos estos foros).

      Espero que al bocadepez le haya quedado claro que sus críticas son infundadas (no como las que se suelen vertir en este foro, y ahí tienes toda clase de pruebas que demuestran las cosas que criticamos) y por criticar a Euskaltel no somos menos vascos.
      Un saludo!

    • Cerrado

      De verdad, este hilo desde su planteamiento ya es lamentable.…

      De verdad, este hilo desde su planteamiento ya es lamentable. Si se es vasco o no por apoyar o no a Euskaltel ya es una tema que no merece la pena ni consoiderarse. Pero no cierro el hilo por lo pobre del planteamiento, sino por lo de desmadrado de su desenlace, así que con vuestro permiso, cerrojazo. Y ahora algunos dira´n que soy el nieto de Franco por la decisión. Pues en honor a ellos. ;-)

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