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El consumidor que nos pudo salvar la vida

Mocos

Luego nos quejaremos de la globalización. Pues gracias a ella un hombre tranquilo y de la calle puede haber evitado un envenenamiento internacional masivo. Eduardo Arias, un panameño de 51 años, detectó el pasado mes de mayo que había dietileno glicol en un dentífrico procedente de China, vendido en 34 países.
«The New York Times» dedicaba ayer una extensa cobertura a la historia de Eduardo Arias, perteneciente a la etnia amerindia de los Kuna. Se crió en una reserva y se ganaba la vida remando en canoas. Ahora vive solo en un pequeño apartamento en Panamá City.
Por un empeño personal
Arias fue un sábado por la mañana a denunciar que había visto algo que podía amenazar el bien común. Algo que, por cierto, se les había pasado a las autoridades de su país y de muchos otros. Los burócratas de la Sanidad panameña mandaron a Arias hasta a tres oficinas de diferentes centros y hospitales antes de hacerle el menor caso o de entender de qué les estaba hablando. Tuvo que discutir para que le dieran un formulario.
Ahora produce escalofríos pensar que este hombre se podía haber hartado, dado media vuelta y olvidado de decir que el dietileno glicol figuraba en la lista de componentes de un dentífrico que había estado a punto de comprar él mismo.
Eduardo Arias no daba crédito a lo que veía en la etiqueta. Ni a que no lo viera nadie más. No hace ni un año, en octubre de 2006, el dietileno glicol se hizo tristemente célebre en Panamá: más de 40 personas murieron y más de 90 quedaron discapacitadas por tomar un expectorante que contenía esta sustancia.
Pero ya entonces el dietileno glicol era un viejo y conocido enemigo de la salud pública. Una intoxicación masiva mató a 107 personas en Estados Unidos en 1937 y fue el detonante de que en 1938 se creara una ley federal para controlar los alimentos, los productos farmacéuticos y hasta los cosméticos.
Desde entonces esta sustancia tóxica ha seguido cobrándose vidas, sobre todo en el Tercer Mundo, donde es más difícil detectar su uso inconsciente, encubierto o directamente fraudulento. Aunque en 1985 se descubrió que también había sido usada para endulzar y dar más cuerpo a vinos tintos semi-secos austríacos. Austria no ha vuelto a exportar vino que no sea muy, muy seco. Cuando en mayo de 2007 finalmente llegó a puerto la denuncia de Eduardo Arias en Panamá, la alerta roja internacional se disparó de Vietnam a Kenya y del Caribe a Canadá, donde la contaminación había afectado a veinte marcas. Sólo en Japón hubo que retirar 20 millones de tubos. Se detectó que este dentífrico había sido suministrado en Estados Unidos a presos, enfermos de hospital y de psiquiátrico, jóvenes en reformatorios...
A España también llegaron los tubos de dentífrico contaminado. No sólo aparecieron en las tiendas orientales, con menos controles. También se descubrieron en los neceseres de regalo de hospitales, hoteles y en los aviones. El Ministerio de Sanidad español intentó tranquilizar a la población y explicó entonces que el riesgo de intoxicación era mínimo.
Tirando del hilo de la contaminación se llegaba una vez más a China, cuyas factorías ya han arrojado al mundo varios productos que no pasan los controles sanitarios que en Occidente se consideran mínimos. Las autoridades chinas minimizan las denuncias y los riesgos, y atribuyen todo este clima de alarma al deseo de debilitar sus exportaciones, que amenazan más de una balanza comercial.
Lo barato sale caro
¿Será para alejar esas acusaciones que The New York Times ha hecho un trabajo de investigación periodística casi tan fino como el del caso Watergate, para encontrar a Eduardo Arias? Porque en la Sanidad panameña no han cambiado: no tenían ni idea de quién era él, ni de cómo empezó la denuncia.
Pero al margen de las reyertas comerciales entre países, el rostro sereno y humilde de Eduardo Arias da al caso una nueva dimensión humana, recordando que cuando las advertencias científicas fallan y los controles sanitarios se ignoran, las consecuencias siempre las pagan los más débiles, que son los que pueden verse más tentados por los productos de bajo precio. O a hacerse menos preguntas de cómo se consigue, a veces, que lo más barato lo sea tanto.

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Tenacitas

Si no fuera por la globalización igual ese dentrífico no habría salido nunca de China.

Mocos

En general si no fuera por la globalizacion estariamos todos mas tranquilos.